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miércoles, 17 de febrero de 2016

Gustavo Adolfo Bécquer (Sevilla, España, 17-2-1836 / Madrid, España, 22-12-1870): In memoriam

EL LIRISMO ACENDRADO

Tal día como hoy hace 180 años nació el poeta y narrador español Gustavo Adolfo Bécquer, máximo representante de la poesía posromántica, tendencia que tuvo como rasgos distintivos la temática intimista y una aparente sencillez expresiva, alejada de la retórica vehemencia del romanticismo. La obra de Bécquer ejerció un fuerte influjo en figuras posteriores como Rubén Darío, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y los poetas de la generación del 27, y la crítica lo juzga el iniciador de la poesía española contemporánea. Pero más que un gran nombre de la historia literaria, Bécquer es sobre todo un poeta vivo, popular en todos los sentidos de la palabra, cuyos versos, de conmovida voz y alada belleza, han gozado y siguen gozando de la predilección de millones de lectores.
Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida fue hijo del pintor Jose Mª Domínguez-Insausti y Bécquer, apellido españolizado de sus ascendentes flamencos Becker que habían llegado a la capital andaluza en el siglo XVI. Gustavo tuvo siete hermanos, siendo Valeriano (nacido en 1933), quien continuó con la profesión paterna, el más allegado a su persona.
En 1841 falleció su padre y en 1847 su madre, pasando Gustavo Adolfo a convivir con su madrina Manuela Monahay, una mujer amante de la cultura y las letras con quien Bécquer comenzó a aficionarse a la literatura, especialmente la romántica. El escritor sevillano inició estudios en la Escuela de Náutica de San Telmo, pero en breve abandonó la instrucción náutica para aprender dibujo, música y literatura. En 1849 intentó abrirse camino en el mundo de la pintura trabajando como aprendiz de Antonio Cabral y su tío Joaquín.
Un tanto desorientado, Bécquer encontró su definitivo rumbo en el mundo literario después de trasladarse en 1854 a Madrid, en donde llevó una vida bohemia, colaboró en varias revistas y escribió junto a Luis García Luna la comedia La novia y el pantalón (1956) bajo el seudónimo conjunto de Gustavo García. Sin embargo, su estadía no fue grata. Consiguió un modesto trabajo de escribiente en el Departamento de Bienes Nacionales, de donde fue despedido por dedicar más tiempo a escribir versos que a sus labores profesionales. Los graves problemas económicos y de salud (en 1957 se le declaró hemoptisis) comenzaban a debilitarlo. Publicó también en esta etapa con la cooperación de su hermano Valeriano (que le cuidó durante su enfermedad) los primeros fascículos de su Historia de los templos de España (1857), proyecto que fracasó y del que sólo se opublicó un tomo años más tarde. Por esa época perdió la cabeza por la joven Julia Espín, que desdeñó el amor del escritor y le inspiró sus primeras rimas, influido por poetas como Byron o Heine. Con posterioridad mantuvo relaciones con Elisa Guillén, quien rompió la relación con Bécquer en el año 1860, destrozando el corazón del autor sevillano. Estos continuos fracasos amorosos fueron la base emocional de muchos de sus textos románticos.
En 1861 contrajo matrimonio con Casta Esteban Navarro, hija de un médico, unión infeliz de la que nacerían tres hijos (el último de ellos fuente de conflictos, ya que Gustavo lo atribuyó a una relación adúltera de su esposa). Antes había colaborado en el periódico El Contemporáneo, publicación en la que aparecieron sus Cartas literarias a una mujer (1860), donde expone sus teorías sobre la poesía y el amor. En 1863 se trasladó a descansar para aliviar nuevos síntomas de tuberculosis en el Monasterio de Veruela, en donde escribió sus famosas Cartas desde mi celda (1864). Tras abandonar el monasterio aragonés, Bécquer fue nombrado censor de novelas, cargo bien pagado que mejoró su situación económica. Dos años después dejó este empleo voluntariamente para trabajar como director de El Museo Universal.
Tras una infidelidad de su esposa, el escritor sevillano abandonó el hogar marital para convivir en Toledo con su hermano Valeriano, colaborando ambos en la revista La Ilustración de Madrid, de la que llegó a ser su principal responsable. Con posterioridad reanudó su convivencia con Casta.
Sus afamadas Rimas fueron escritas en 1867, pero Bécquer perdió el manuscrito cuando su casa fue saqueada durante la Revolución de 1868. Lo reconstruyó casi de memoria o recuperando algunas publicadas en periódicos de la época. Les dió el título de "El libro de los gorriones" y se conservan en la Biblioteca Nacional de Madrid. En ellas se entrecruzan en versos asonantes los recuerdos, el amor, el desengaño, la desesperanza y la muerte.
A la edad de 34 años falleció Gustavo Adolfo Bécquer tras un agravamiento de la tuberculosis (complicada con pulmonía, hepatitis y pericarditis) que le aquejaba desde trece años atrás. Tres meses antes había perdido a su hermano, lo que le sumió en una profunda depresión. Entre sus últimos deseos, pidió a su amigo, el poeta Augusto Ferrán, que quemase sus cartas personales, para impedir su deshonra, y que publicase sus versos. Opinó que "muerto seré más reconocido que vivo" y su premonición se cumplió. La fama no lo acompañó durante su vida. Tenía pocos amigos, era serio, bondadoso, poco expresivo, le gustaba la música y admiraba a Chopin. Los restos de Gustavo y su hermano Valeriano yacen en Sevilla, adonde fueron trasladados en 1913.
La obra poética de Bécquer, ejemplificada en sus Rimas, es una de las cumbres del romanticismo español por su inspirado lirismo, sencillez en la forma y elevada sensibilidad. A través de ellas deja ver lo melancólico y atormentado de su vida. En total suman 86 composiciones. De ellas, 76 se publicaron por vez primera en 1871 a cargo de los amigos del poeta, que introdujeron algunas correcciones en el texto, suprimieron algunos poemas y alteraron el orden del manuscrito original. Habitualmente se presentan precedidas de la "Introducción sinfónica" que, probablemente, Bécquer preparó como prólogo a toda su obra.
Las Leyendas acentúan su figura romántica con una inclinación novedosa por el relato histórico y fantástico. Recrean ambientes imaginarios envueltos en una atmósfera sobrenatural y misteriosa.  Entre ellas destacan La cruz del diablo (1860), La ajorca de oro (1861), El monte de las ánimas (1861), Los ojos verdes (1861), Maese Pérez, el organista (1861), El rayo de luna (1862), El Miserere (1862), El Cristo de la calavera (1862), El beso (1863), o La rosa de pasión (1864).

Retrato de Gustavo Adolfo Bécquer, por su hermano Valeriano, 1862

RIMA LX

Mi vida es un erial,
flor que toco se deshoja;
que en mi camino fatal
alguien va sembrando el mal
para que yo lo recoja.

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