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martes, 22 de noviembre de 2016

André Gide (Paris, France, 22-11-1869 / Ibíd, 19-2-1951): In memoriam

EL INMORALISTA

Hoy es aniversario natal del escritor francés André Gide, cuyas novelas, obras de teatro, ensayos y textos autobiográficos se caracterizan por su exhaustivo análisis de los esfuerzos individuales hacia la autorrealización en conflicto con la moralidad convencional. Uno de los más importantes representantes de la literatura francesa del siglo XX, no ya sólo por la riqueza de su obra, sino por promover la cultura desde la Nouvelle Revue Française y la editorial Gallimard, recibió el  Premio Nobel de Literatura en 1947.
Nacido en el seno de una familia adinerada por parte materna, André Gide era hijo de un profesor de Derecho que falleció cuando el futuro escritor contaba solamente con once años. Su madre se volcó en la educación de André, adolescente solitario criado en Normandía bajo estrictos principios protestantes e instruido durante muchas épocas con un tutor personal en su hogar de Rouen, a causa de su quebradiza salud. Su muy temprana afición a la literatura quedó plasmada a los veintiún años al publicar su primera obra, Los cuadernos de André Walter (1891), libro donde describió el religioso y romántico idealismo de un desdichado joven, lo que le incluyó en la corriente del simbolismo, movimiento en el que también se inscribe Paludes (1895), volumen tras el que renunció a este estilo literario.
En su adolescencia, el joven Gide, muy influenciado por las creencias protestantes de su religiosa familia, se había enamorado platónicamente de su prima Madeleine Rondeaux. Siempre en un atolladero existencial por la colisión entre sus secretas pero acentuadas pulsiones homosexuales y las presiones de su madre para que llevase una vida honorable, André, que siempre sintió que no era como los demás, experimentó en carne propia la escisión nunca resuelta entre el placer y el deber. En 1895, a poco de fallecer su madre, se casó con la dulce y retraída Madeleine (un sustitutivo de la figura materna), a quien ocultaría sus relaciones con otros hombres y con la que nunca consumaría el matrimonio. Su defensa fue rechazar el valor moral de la sinceridad, afirmando que los buenos sentimientos de nada servían en literatura. Así, su esposa permaneció secreta para él, enigmática, muda hasta su muerte en 1938 en su impuesta virginidad conyugal. Antes Gide había viajado durante dos años por el norte de Africa, donde conoció a Oscar Wilde, quien le guió por el sendero de los placeres prohibidos a quienes sentían furiosa atracción por los adolescentes. En 1896 fue alcalde en una comuna en Normandía llevado por su afán de servir a la sociedad.
En París, su amor por la escritura se fue ensanchando gracias a asistir a salones literarios donde trató a importantes escritores como Mallarmé, Valéry u otros muchos. La exploración de las cuestiones morales, la búsqueda de la propia identidad y la realización personal fueron algunas de las pautas temáticas de sus trabajos, siempre con un carácter autobiográfico. Se ganó el favor de la crítica con Los alimentos terrestres (1897), crítica indirecta a toda disciplina moral, en la cual afirmaba el triunfo de los instintos y la superación de antiguos prejuicios y temores para entregarse al hedonismo activo; en Prometeo mal encadenado (1899) reflexiona sobre la libertad individual, obstaculizada por los remordimientos de conciencia; El inmoralista (1902) y La puerta estrecha (1909) son estudios acerca de los conceptos éticos individuales en pugna con la moralidad convencional; en Los sótanos del Vaticano (1914) ridiculiza la posibilidad de una independencia personal completa, resultando la primera de sus obras atacada por anticlerical; La sinfonía pastoral (1919) trata del amor y la responsabilidad, reflejando los dilemas morales a los que se enfrentaba el autor en su vida privada; Si la semilla no muere (1920), narración autobiográfica de su propia juventud que también escandalizó, escenifica mediante un esfuerzo de sinceridad no exento de dolor los desafíos morales de su vida adolescente, desgarrada entre una obsesión puritana y los instintos sexuales; Corydon (1924), colección de ensayos en forma de diálogo a fin de legitimar la homosexualidad como una parte integrante de la dinámica de la especie humana, supuso un auténtico escándalo en su día; en Los  monederos falsos (1925), una de sus más conocidas novelas acerca de la juventud parisina donde examina los problemas adolescentes en el entorno familiar, se aleja de la novela lineal tradicional alternando diferentes puntos de vista narrativos, multiplicando personajes y subtramas.
En 1923, fruto de una única y muy breve relación con alguien del sexo opuesto, tuvo una hija biológica, Catherine, con Elisabeth Van Rysselberghe, una mujer mucho más joven, ocultas ambas a su esposa. Si durante la Primera Guerra Mundial había colaborado con la Cruz Roja, en 1925 inició una campaña pidiendo más humanas condiciones para los convictos en las cárceles francesas y entre 1926 y 1927 fue enviando a las colonias como representante especial del gobierno galo. Estos viajes, realizados en compañía de su amante, el cineasta Marc Allégret (de quien se había enamorado perdidamente diez años atrás, cuando éste tenia sólo quince), le sugirieron la publicación de dos obras, Viaje al Congo (1928) y Regreso de Chad (1928), en las que se mostró muy crítico con la legislación francesa en sus colonias africanas. En 1930 publicó La secuestrada de Poitiers, escalofriante relato relato basado en hechos reales, y en los años que siguieron simpatizó con el 'experimento' comunista, pero tras una visita a la Unión Soviética quedó defraudado y se opuso a la ideología estalinista, periplo expuesto en Regreso de la URSS (1936). Después del estallido de la Segunda Guerra Mundial, ya viudo, Gide trasladó su residencia a África, mostrando siempre su postura antifascista. En la posguerra su obra adquirió gran notoriedad internacional e influyó en muchos escritores, particularmente en los existencialistas. En 1947 se le concedió el Premio Nobel: fue su personal revancha hacia quienes tanto le habían criticado a él, que con sus necesidades económicas cubiertas por su patrimonio familiar, no se vio obligado a escribir por dinero, manteniendo su independencia creativa al margen de modas o corrientes imperantes.
La publicación de su Diario (1939-1951) en cuatro volúmenes, que venía redactando desde los dieciocho años, reveló muchas de las claves de su idiosincrasia personal y vida íntima, lo que despertó el interés de la crítica en todo el mundo. André Gide, uno de más refinados prosistas así como uno de los hombres más cultos de la Francia de su tiempo, falleció siendo una celebridad a los 81 años. Un año después, la Iglesia Católica incluyó sus obras en el Índice de libros prohibidos.




Entre las muchas fuentes consultadas para elaborar esta reseña biográfica, encontré este sobresaliente artículo (mucho menos académico y que no me resisto a reproducir a continuación) del gran escritor y periodista español Manuel Vicent:

29 NOV 2008
«Un camino le llevaba siempre a los placeres oscuros; otro le devolvía a la honestidad y al compromiso, pero el puritanismo siempre acababa por pedirle cuentas al final del viaje al fondo de los sentidos. En este combate está la esencia de su literatura.
Nació en París, en 1869. El primer recuerdo de André Gide es el de una mesa de comedor cubierta con un tapete que llegaba hasta el suelo. Con el hijo de la portera, de su misma edad, que iba todos los días a buscarle, se deslizaba entre aquellas faldas y ambos agitaban ruidosamente unos juguetes para ocultar otros juegos, que según supo después eran malas costumbres. Tenía entonces cinco años y fue su primer simulacro. Era un niño mimado, muy huraño, hijo único de un renombrado profesor de Derecho, que murió cuando André tenía 11 años. A esa edad quedó bajo la obsesiva protección de su adinerada madre, Juliette Rondeaux, que, pese a todo, lo educó en una elegante austeridad, con una forma de querer hostigante, puesto que hasta el final de sus días rodeó al escritor de mimos y de consejos ininterrumpidos acerca de actos, pensamientos, gastos, lecturas y paños como si no hubiera crecido.
La niñera lo llevaba a los jardines de Luxemburgo, muy cerca de su casa de la calle Médicis. Allí se negaba a jugar con otros niños. En un momento de descuido se lanzaba sobre ellos y a patadas destruía los pasteles de arena que con ayuda de cubos habían construido. Gide tenía sus propias bolitas de cristal, algunas de ágata negra, que trataba de que no se mezclaran con otras más vulgares. En su habitación, a solas con un ficticio amigo Pierre, creado por su imaginación, se entretenía con un caleidoscopio, que en el otro extremo de la lente le ofrecía un rosetón siempre cambiante. Poco después comenzó a recibir clases particulares de piano, lecciones de esgrima dos veces a la semana y a menudo sesiones de equitación en el picadero. Estudió en la Escuela Alsaciana de la que fue expulsado. La institutriz británica Anna Schackleton le impuso un rigor puritano, valor muy apreciado por la alta burguesía cuando le sirve para ocultar cierta clase de vicios.
La familia del padre procedía de Ezés, del cantón de Nimes, en el soleado Rosellón. La familia de la madre provenía de Ruán, capital de la húmeda Normandía. La rama paterna era católica y la materna protestante. André Gide creció viajando en vacaciones hacia las casas solariegas del Mediodía y del norte de Francia. En una había higueras, olivos y laureles; en otra crecían manzanos, había caballos, florecían las rosas y habitaban unas primas muy bellas. Una de ellas, Madeleine, fue su amor de adolescencia con la que acabaría casándose a los 26 años, forzado por la madre autoritaria que trataba de apartarle así de la turbiedad ambigua a la que le empujaba la carne.
Desde la adolescencia la cabeza del escritor quedó dividida: por un lado la moral estricta y por otro el hedonismo. Un camino le llevaba siempre a los placeres oscuros; otro le devolvía a la honestidad personal y al compromiso con los demás desde la altura de la estética, pero el puritanismo siempre acababa por pedirle cuentas a la conciencia al final del viaje al fondo de los sentidos. Este combate constituye la esencia de la literatura de André Gide. La máxima profundidad del ser humano está en la piel, en la belleza de los cuerpos jóvenes, en el nudo de los sentidos que componen el alma. Con buenos sentimientos siempre se hace mala literatura. La belleza no debe detenerse ante cualquier límite. Tiempo habrá luego para arrepentirse y azotarse en público, sin dejar de hacer de este ejercicio un ejemplo de estilo.
A los 24 años, después del primer libro escrito en prosa poética, Los Cuadernos de André Walter, se premió a sí mismo con la primera fuga hacia el sur en busca del sol, del exotismo y de un modo natural de curarse un principio de tuberculosis. En compañía de su amigo Paul Laurens se embarcó en Tolón rumbo a Túnez y desde allí al oasis argelino de Biskra donde conoció a Oscar Wilde, que andaba por allí metido en peleas tormentosas con el amante Alfred Douglas, el bello lord que finalmente lo llevaría al infierno de la cárcel de Reading. El joven Gide fue conducido de la mano de Wilde a secretos cafés para iniciados. Mientras fumaban una pipa de kif entre unos árabes sentados en cuclillas y tomaban té de jengibre, en la primera noche, un adolescente de ébano, llamado Alí, semidesnudo tocaba la flauta en la penumbra y ellos lo contemplaban con la mente embotada. "¿Te gusta el musiquillo? Tómalo. La única forma de vencer la tentación es caer en ella", le dijo Wilde, una frase que después se haría famosa. En las memorias de Gide esta sensación corporal fue inseparable de los placeres que también compartía con niñas adolescentes que desde el desierto subían a ofrecerse a los hombres en el zoco del oasis. André Gide se hizo traer un piano desde Argel. Sus notas atravesaban el jardín y se perdían en la suma ebriedad de la carne ahogada en las flores.
De regreso a París, el sur ya nunca dejaría de ser su horizonte. Frecuentaba a los simbolistas del salón de Mallarmé. Por la mañana tenis, al mediodía baños y de noche ajedrez. De pronto le visitó el éxito cuando publicó Los alimentos terrenales, ensalzado por la crítica, un canto fervoroso del instinto como método de superar la moral. El mismo combate continuó con la publicación de El inmoralista, en 1902, y después con Prometeo mal encadenado, donde los remordimientos que le proporcionaba la libertad alcanzan las cotas más altas del arte. Llevaba una vida respetable, llena de escrúpulos sociales por fuera y muy libre por dentro. En 1908 André Gide participó en la fundación de la Nouvelle Revue Française y se convirtió en el alma de la editorial Gallimard. Comenzó a ser considerado maestro, un punto de referencia de la cultura francesa entre Mauriac, Camus, Malraux, Proust y Paul Valéry, no sin andar siempre orillando el escándalo.
En 1925, comisionado por el Gobierno francés en una expedición al Congo redactó un informe demoledor contra el método colonialista. En 1936 viajó a la URSS y de regreso dejó de jugar a ser comunista y escribió un libro de denuncia contra el estalinismo, por el cual fue condenado a las tinieblas por el Partido. No le importó absolutamente nada. Gide era un radical de sí mismo frente a cualquier barrera política y moral. Su larga travesía interior está en su Diario, llevado como un psicoanálisis ético y literario desde 1889 a 1949. Mientras escribía con una prosa semejante a una sonata onírica Corydon, en defensa de la homosexualidad, tuvo una hija, Catherine, de su relación extramatrimonial con María van Rysselberghe. Luego sus libros ardieron en una plaza de Berlín, junto con los de Thomas Mann, Proust, Einstein y Freud cuando los nazis establecieron el dilema cultural entre la sumisión o el exterminio. Por su parte, durante la invasión alemana Gide trató de convertir la sumisión en sabiduría. Abandonó París, buscó de nuevo el soleado Mediodía y terminó en Argel, en Fez, en Túnez, en Siracusa. De lejos oía las bombas mientras leía a Goethe para curarse de la humillación ante la derrota de todos los ideales. Liberado París siguió tocando el piano, recibiendo a los amigos, leyendo en un sillón de orejas con una manta de cachemir sobre las rodillas, que sólo por estética nunca llegaron a doblarse ante nadie. Hasta que en 1947 recibió el Premio Nobel. Murió en 1951, a los 82 años.»

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