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lunes, 21 de noviembre de 2016

Voltaire (Paris, France, 21-11-1694 / Ibíd., 30-5-1778): In memoriam

SÍMBOLO DEL ENCICLOPEDISMO Y LA LIBERTAD DE PENSAMIENTO

Hoy es aniversario natal del pensador, filósofo, historiador y escritor francés François-Marie Arouet, conocido como Voltaire, figura capital de la Ilustración, movimiento cultural europeo desarrollado hasta el inicio de la Revolución francesa, merced al cual el siglo XVIII es denominado el Siglo de las Luces. Muy crítico con la sociedad de su tiempo y de credo laico y anticlerical, Voltaire destacó por su activa defensa de la libertad de pensamiento, sobre todo religioso. Desde una postura deísta, repudió el excesivo poder eclesiástico y preconizó una religión basada en la razón y el respeto, alejada del fanatismo y la intolerancia. Intelectual perseguido, fue partidario de un sistema parlamentario que limitase el poder del monarca, así como de un profundo cambio en los valores de la sociedad de sus días. Sus escritos se caracterizan por la llaneza del lenguaje huyendo de cualquier tipo de grandilocuencia. Maestro de la ironía, la utilizó siempre para defenderse de sus enemigos, de los que en ocasiones hacía burla demostrando en todo momento un finísimo sentido del humor.
François-Marie Arouet, que se daría a sí mismo el seudónimo de Voltaire, fue el quinto y último hijo del matrimonio formado por un notario y una dama de noble cuna a la que apenas conoció, pues falleció cuando él tenía siete años. Se dice que la falta de amor materno se tradujo en su vida en su agudo criticismo y su pluma sarcástica. Estudió en el colegio jesuita Louis-le-Grand cuando se cumplían los últimos años del reinado de Luis XIV. De su formación religiosa guardaría Voltaire un penoso recuerdo que se plasmará en una actitud irreverente, rebelde y burlona frente la Iglesia, sus instituciones y dogmas.
Su padrino, el abate de Châteauneuf, le introdujo en la sociedad libertina del Temple, donde pronto destacó por su ingenio. En 1713 el joven François obtiene el cargo de secretario de la embajada francesa en La Haya, trabajo del que es expulsado debido a ciertas relaciones amorosas con la hija de un hugonote refugiado. Apasionado ya desde entonces por la literatura, frecuenta los lugares donde se reúnen los intelectuales y artistas más destacados y, cuando en 1715 muere Luis XIV y toma la regencia el Duque de Orleáns, escribirá una sátira contra él que le llevará preso a la Bastilla durante casi un año, tiempo que dedica a estudiar literatura. Una vez liberado, fue desterrado a Châtenay, donde adoptó el seudónimo de Voltaire. En 1718 conoce su primer éxito con la tragedia Edipo, basada en la de Sófocles, y años después con una epopeya, La Henriade, dedicada al tolerante rey Enrique IV (fundador de la monarquía de los Borbones en Francia y quien puso fin a las guerras religiosas), que se publica en 1723. Más tarde, en un altercado con el noble De Rohan termina nuevamente en la Bastilla y finalmente en el destierro, por lo cual decide exilarse en Londres. Allí conecta con la élite literaria, científica e intelectual y cuando en 1728 regresa a Francia, difunde las ideas políticas, científicas y filosóficas progresistas de pensadores ingleses como Isaac Newton y John Locke.
En 1731 escribe Historia de Carlos XII (obra sobre el rey de Suecia entre 1697 y 1718), en la que esboza los temas que, más tarde, aparecerán plenamente madurados en su famosa obra Cartas filosóficas, publicada en 1734 y en la que lleva a cabo una radical defensa de la tolerancia religiosa y la libertad ideológica, tomando como modelo la permisividad inglesa y acusando al cristianismo de generar fanatismo dogmático. Por este motivo, se ordena su detención y Voltaire se refugia en el castillo de la culta Madame Châtelet, marquesa con la que establecerá una larga relación personal y con la que trabajará concienzudamente en una obra sobre el pensamiento newtoniano, que lleva por título La filosofía de Newton (1738).
En ese periodo escribe obras de teatro, novelas, cuentos, sátiras y poemas breves. Viajó frecuentemente a París y Versalles, donde, gracias a la influencia de la marquesa de Pompadour, se convirtió en uno de los favoritos de la Corte. En 1742 publica Mahoma o el fanatismo, obra que será prohibida y un año después la tragedia Mérope. Por esta época, en la que había estallado la guerra de sucesión austríaca, Voltaire marcha en misión secreta a Berlín, después de lo cual recupera su prestigio, siendo nombrado académico, historiógrafo y Caballero de la Cámara Real. Zadig o el destino (1748) inaugura su serie de cuentos filosóficos. Cuando muere Madame de Châtelet en 1749, caído en desgracia nuevamente, Voltaire vuelve a Berlín invitado por Federico II, rey de Prusia. En Postdam escribe El siglo de Luis XIV (1751), donde plantea el tema del progreso, y el cuento filosófico Micromegas (1752), pero pronto acaba mal con el monarca y, huyendo de Prusia, se le detiene en Frankfurt, para después ser expulsado nuevamente de Alemania. Como Francia le negó la residencia, Voltaire se refugia en Suiza. En 1759 publica su obra más conocida, Cándido o el optimismo, relato filosófico que será inmediatamente condenado en Ginebra por sus irónicas críticas al ideario filosófico derivado de Leibniz y por su chistosa sátira contra clérigos, nobles, reyes y militares. Las inocentes reflexiones del joven Cándido no dejan títere con cabeza. Cuatro años después compone Tratado sobre la tolerancia y en 1764 su Diccionario filosófico. Desde entonces, siendo ya Voltaire un personaje famoso e influyente en la vida pública, interviene en distintos casos judiciales, defendiendo la tolerancia y la libertad frente a todo dogmatismo y fanatismo. En 1778, acogido con entusiasmo, Voltaire vuelve a París, donde muere el 30 de mayo de ese mismo año a los 83 años. Trece años después, sus restos fueron trasladados con gran ceremonia al Panteón de Hombres Ilustres.
Aunque fue un pensador polifacético y poco o nada sistemático, Voltaire se convirtió en un símbolo del enciclopedismo y de las modernas ideas ilustradas que defendían la libertad de pensamiento, la tolerancia y la justicia como instrumentos superadores de la ignorancia, el dogmatismo y las supersticiones de toda índole. Frente al oscurantismo no solo ideológico, sino académico, esgrimirá Voltaire el buen hacer de su pluma, la cual gozaba de una enorme claridad crítica y de una demoledora y mordaz franqueza que le hicieron granjearse numerosos problemas y enemistades. Su escritura se mofa de la utilizada por los abstrusos escolásticos o, como sarcásticamente escribe en el Cándido, de los que se dedicaban a enseñar la metafísica teologocosmolonigológica, tal que el profesor Pangloss, personaje de su cuento.
Pese a compartir muchos de los postulados básicos aceptados por la mayoría de los ilustrados ingleses y franceses, a Voltaire le separa de ellos la carencia de un optimismo metafísico y la fe en un progreso humano capaz de arrebatarnos de la mezquindad y de la ruindad en la que estamos inmersos. En contra de la tesis del "buen salvaje" mantenida por Rousseau, Voltaire no cree en ninguna inocencia y bondad naturales del hombre. No es la sociedad, el Estado o la cultura la que pervierte y denigra esa inocencia primigenia del hombre; antes bien, es el propio hombre el que genera las propias condiciones de su miseria moral. La ética no se halla subordinada a la política, porque se trata de un ámbito inmanente a nuestra propia naturaleza. La absoluta confianza de la razón que postularon un siglo antes los racionalistas no es aceptada por Voltaire, para el cual la inteligencia humana por sí misma puede denunciar, criticar y corregir algunos prejuicios, errores o disparates, pero por sí sola es impotente para erradicar estos males.

 

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