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lunes, 11 de abril de 2016

Francesca Bertini (Firenze, Italia, 11-4-1892 / Roma, Italia, 13-10-1985): In memoriam

LA GRAN DIVA DEL CINE MUDO

Hoy es aniversario natal de la actriz italiana Francesca Bertini, la más representativa de las grandes divas del cine mudo italiano. Interpretando con la misma soltura papeles de vamp o personajes populares, marcó profundamente la cinematografía italiana. De entre todas las estrellas de su tiempo ella fue la más célebre y adulada. Rodó unas noventa películas que le aportaron fama internacional y magníficas retribuciones.
Nacida Elena Seracini Vitiello, sus primeros años transcurrieron en la ciudad de Nápoles, en donde destacó muy pronto como actriz en las funciones del Teatro Nuevo. Debutó en el cine, en un pequeño papel de La diosa del mar (1904), aunque fue su trabajo en Il trovatore (1910) el que marcó definitivamente su figura cinematográfica en el seno de la productora Film d'Arte Italiana (FAI), para la que rodó también las adaptaciones shakespearianas El Rey Lear (1910), dirigida por Gerolamo Lo Savio, y Romeo y Julieta (1912), dirigida por Ugo Falena, y también Lucrezia Borgia (1912), dirigida por Gerolamo Lo Savio. Asímismo fue contratada por Celio Film para intervenir en películas como Entre las llamas/Idilio trágico (1912) e Historia de un pierrot (1914), ambas de Baldassarre Negroni, y Sangre azul (1914) de Nino Oxilia. Poco después, el productor Giuseppe Barattolo la contrató para que interviniera en sus películas de Caesar Film (más adelante llegaría incluso a denominar su productora Bertini Films): Assunta Spina (1915), uno de los mayores éxitos del cine silente italiano, donde el trabajo de Bertini estuvo dominado por una gran dosis de naturalidad dramática, La dama de las camelias (1915) y Fedora (1916), las tres dirigidas por Gustavo Serena,  Odette (1916) de Giuseppe De Liguoro, El proceso Clèmenceau (1917) y Tosca (1918), ambas de Alfredo De Antoni. Fue este productor el que consolidó su prestigio a base de intensas campañas publicitarias con las que difundió el rostro de la estrella que más llamaba la atención entre las divas italianas de la época. En apenas diez años deslumbró a los espectadores italianos y extranjeros con su belleza y su gran proyección escénica. Durante esos años rivalizó con Lyda Borelli, aunque la imagen de Francesca Bertini siempre resultó mucho más interesante para el público masculino y fue el universo de la diva el que dominó buena parte de las producciones italianas de los años diez. En este contexto, los elevados sueldos de estas actrices marcaron en gran medida el tipo de producción en la que se encontraban (las crónicas señalan que Francesca llegó a tener un sueldo anual superior al millón de liras de la época).
La Bertini dio un toque personal a todos los papeles que interpretó e impuso un estilo refinado y elegante en el vestuario de sus películas. Su peculiar sentido de la imagen le permitió asumir una relación de gran entendimiento con la cámara y los directores, a la vez que hacía muy notable su intervención en cada proyecto, sobre todo para cuidar al máximo la imagen que el espectador esperaba de ella. Trabajó desde finales de los años diez con Roberto Roberti, padre de Sergio Leone, que la dirigió en dieciocho películas, entre ellas Eugenia Grandet (1918), La condesa Sara (1919), El genio alegre (1919), Marion (1920), Lisa Fleuron (1920), La sombra (1920), La esfinge (1920), La llama blanca (1921), El último sueño (1921), La juventud del diablo (1921) o La mujer desnuda (1922), y que fue el director que mejor supo controlar su controvertido carácter. Francesca Bertini no era una actriz cómoda, sino más bien todo lo contrario, actitud que no empañó su gran capacidad para la improvisación. En apenas una década intervino en más de setenta películas, la mayoría de ellas dramas que acaban en tragedia, historias pasionales provocadas por los celos, en las que las mujeres llevan la peor parte (se suicidan, mueren o son asesinadas por motivos diversos).
A punto de firmar en 1921 un contrato en Hollywood con la Fox, decidió abandonar el cine por un tiempo al contraer matrimonio con el conde Paul Cartier, un banquero suizo, con quien fijó su residencia en París. La actriz también manifestó que la luz artificial que dominaba en todos sus rodajes había estado a punto de dejarla ciega. No obstante volvió a la pantalla en títulos como Consuelita (1925) de Roberto Roberti, Montecarlo (1928) de Mario Nalpas, Odette (1928) de Luitz-Morat, segunda versión muda del drama de Victorien Sardou, o  La posesión (1929) de Léonce Perret. Su primer film sonoro fue Mujer de una noche (1931) de Marcel l'Herbier, de la que se rodaron varias versiones: en alemán, francés e italiano. Fue protagonista de las versiones rodadas por Marcel l'Herbier y Amleto Palermi. Tres años más tarde rodó una versión sonora de Odette (1934), dirigida por Jacques Houssin y Giorgio Zambon, que supuso su retirada de la pantalla.
Años después apareció muy esporádicamente en algunas películas. Durante la Segunda Guerra Mundial vivió en Madrid, hecho que le permitió intervenir en Barcelona en la producción Dora, la espía (1943) de Raffaello Matarazzo, al tiempo que interpretaba en teatro La dama de las camelias, con la que obtuvo uno de los éxitos más sonados del momento. Apareció por última vez en la gran pantalla en la película Novecento (1976) de Bernardo Bertolucci.
En 1983, Gianfranco Mingozzi rodó un documental sobre su vida, L'ultima diva, en el que ofrece una imagen muy interesante para comprender su figura y una de las épocas más gloriosas del cine italiano. Lamentablemente, muchas de las películas de Francesca Bertini han desaparecido. Es también la autora de la autobiografía titulada Lo demás no cuenta.
Francesca Bertini falleció en Roma a los 93 años.

(Semblanza biográfica a partir de la página Biografías y Vidas)

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